Las realidades más duras de Alicante

- Escrito el 02 noviembre, 2017, 2:00 pm
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Llega un nuevo invierno. Para la mayoría de los alicantinos esto no supone ningún contratiempo, apenas renovar el armario y guardar la ropa de verano, pero no todos tienen la misma suerte.

Hablamos con el responsable de ACOMAR, la Asociación Comunidad de Personas Marginadas de Alicante. Salvador Silva fundó dicho colectivo en 1990 junto a su mujer Mercedes. Sus consciencias cristianas les impulsaron a ayudar a aquellos que más lo necesitan. Ahora tienen a otros 140 voluntarios acompañándoles.

“Hay muchas raíces de pobreza. Pérdida del empleo, familias rotas, alcohol, drogas, prostitución, enfermedad mental, etc. Aquí nos llegan unas 60 personas diarias. Todos los días aparece gente nueva”.

«Unas 60 personas diarias nos piden apoyo cada día. No solamente les damos comida, ropa o un techo, también acompañamiento personal» S. Silva (ACOMAR)
Aumento tras la crisis

Evidentemente la crisis supuso un punto de inflexión. El número de personas en exclusión social se multiplicó en Alicante, como en tantas otras partes. Salvador nos cuenta que apenas están notando síntomas de recuperación económica. “Nos sigue llegando mucha gente. Antes eran más inmigrantes, sobre todo sudamericanos, y ahora son más españoles”.

«Al principio de la crisis nos llegaban sobre todo inmigrantes. Últimamente ha crecido mucho el número de españoles» S. Silva (ACOMAR)

En Alicante las opciones para aquellos que viven en la marginalidad son limitadas. A nivel municipal, apenas existe un Centro de Acogida cerca de la avenida Doctor Rico y una Unidad de Conductas Adictivas (UCA) en la calle Girona.

“Un pobre puede ir al albergue para dormir, a algún comedor social para comer o a la UCA para tratarse. Todo esto está muy bien, pero solo así difícilmente saldrá de la pobreza. Necesita un proceso, un acompañamiento personal”, nos señala Salvador.

El Ayuntamiento tiene un Centro de Acogida en la avenida Doctor Jiménez Díaz, cerca de Doctor Rico

De ahí que existan las asociaciones locales. Aquí no solamente se les da comida o un techo, también se ofrece un seguimiento, siempre con el objeto de que la persona vaya mejorando, cada uno con sus propios plazos.

Soledad

Después de 28 años de dedicación, el fundador de la ACOMAR ya ha conocido todo tipo de casos habidos y por haber. Nos comenta que a veces lo peor no es el hambre o la miseria, sino la soledad. “Estas personas no suelen tener a nadie que les hable, ni que les diga buenos días. Menos aún que les escuchen. Aparte de dos moneditas, necesitan afecto. Esto es un primer paso imprescindible en el proceso para devolverles a la sociedad”.

El procedimiento de reinserción comienza con una ofrenda de esperanza. “No sabes el valor que tiene una simple entrevista. Muchos tienen la autoestima destruida, están hundidos después de tanto tiempo viviendo en un cajero o buscando comida en contenedores. Hay que conseguir que su yo interno renazca”, recalca Salvador.

«Para ayudarles hay que empezar por escucharles. Muchos se sienten muy solos, casi transparentes» S. Silva (ACOMAR)

No es una tarea fácil y cada cual necesita su tiempo. Algunos incluso llegan a abandonar el proceso. No obstante, la gran mayoría acaban volviendo a los pocos días. “Puede ser duro dejar el alcohol o las drogas, pero se dan cuenta que más duro es seguir en la marginalidad”.

Casos difíciles

En ocasiones se producen incluso casos de pobreza crónica, es decir, aquellos que llevan tanto tiempo en la calle que ni siquiera quieren salir de ella. “Algunos son ya pobres en el mismo vientre de su madre. Nacieron en una familia sin recursos y llevan desde niños en la marginalidad”, comenta Salvador.

Sin duda son los casos más difíciles, pero no por ello imposibles. “Esto es como cuando te encuentras un árbol que está ya seco. Muchos piensan que es mejor darlo por perdido y arrancarlo, pero mi experiencia me dice que no. Si intentas regarlo, cada día, al final puedes lograr sacarle frutos. Claro que se puede”.

Final del camino

Para todos aquellos voluntarios que trabajan en estas asociaciones no hay mayor satisfacción que observar los progresos en las personas. “Llega un momento en el que se integran entre nosotros. Nos piden incluso ayudar en otros casos. Esto es que ya están en camino”, relata Salvador Silva.

Muchas personas que antes dormían en un parque o mal comían restos de basura debajo del Puente Rojo, hoy ya cuentan con su propia vivienda, un trabajo y una existencia mucho más digna. Algunos de ellos incluso empezaron siendo pobres crónicos.

ACOMAR es una más entre varias asociaciones que comparten los mismos objetivos en Alicante. ‘La Sal de la Tierra’ tiene una casa de acogida en Campoamor, la A.VV. de San Gabriel gestiona un comedor social en dicho barrio, ‘La Despensa Solidaria’ entrega comida en Los Ángeles y Cáritas tiene su sede en Ciudad de Asís. Se coordinan entre ellas para tratar de llegar a toda la ciudad.

Hay un comedor social en San Gabriel, una casa de acogida en Campoamor y puntos de ayuda alimentaria en Los Ángeles y Ciudad de Asís

El trabajo del voluntario es clave, no pueden permitirse el lujo de tomarse puentes o festivos. “Si se interrumpe el proceso un solo día, el pobre puede retroceder seis meses de golpe. Esto es solo para gente de verdad comprometida, sino, mejor que no lo hagas”, avisa Salvador.

Ayuda política

El pasado mes de junio el Ayuntamiento presentó un Plan Ciudad en el que se incluía una sección específica para fomentar la inclusión social. Además, en el Consistorio alicantino existe una concejalía propia para esta área, denominada de Acción Social.

Todo ello no evita que Salvador Silva se sienta algo falto de apoyo político. “Efectivamente el Ayuntamiento tiene su propio plan. Yo les pido que algún día vengan también a las asociaciones más pequeñas para que vean como trabajamos, que nos ayuden con cuatro duros que les sobren de otro lado”.

“Algunas asociaciones operan a nivel mundial y tienen toda la fama. Nosotros no tenemos carteles luminosos, trabajamos desde el anonimato, pero también necesitamos ayuda. Estaría bien que cuando los políticos abren el grifo nos cayera también alguna gota”, añade Salvador Silva.

Muchos años dedicados a ayudar a los que más lo necesitan. Salvador está tranquilo, porque sabe que han creado escuela. Algún día su mujer y él faltarán, pero los voluntarios más jóvenes están preparados para coger las riendas y seguir con la labor humanitaria. “Nunca olvidemos que estamos hablando de personas” sentencia.