La lógica paradójica capitalista

“Raya el absurdo ver a una porción de seres andar desnudos, carecer de alberge y morir de hambre, cuando hay casas inhabilitadas, ropas y calzado que deteriora el tiempo, no el uso, géneros alimentarios de todas clases que se pudren y pierden por no haber sido entregados al consumo en el momento necesario” (Pablo Iglesias) En la retórica literaria, así como en la filosófica, una paradoja consiste en usar ideas contradictorias entre sí, en apariencia incompatibles, pero que unidas adquieren un significado nuevo y más profundo, del que puede derivar una crítica o que trata de mostrar una visión nueva de la realidad: “Solo sé que no sé nada”, frase atribuida a Sócrates. En un sentido más amplio, yuxtaponer dos estados que, aunque no sean opuestos, no se esperan encontrar juntos, puede resultar también paradójico. Algunos lemas del 15M, por ejemplo, fueron impregnados de esta figura para visualizar los males que azotaban, y que no dejan de azotar, nuestra sociedad: “Casas sin gente, gente sin casas”,” ¿Dónde está la izquierda? Al fondo, a la derecha”, “No puedo apretarme el cinturón y bajarme los pantalones a la vez”. Es cierto que esa subversión contra lo lógico, contra lo natural pervive más que nunca en la actualidad Del latín paradoxa, y éste a su vez del griego, significa “lo contrario a la opinión o al sentir común”, por lo que, aunque aparentemente el término haya perdido su significado etimológico, es cierto que esa subversión contra lo lógico, contra lo natural pervive más que nunca en la actualidad; quizás porque es innato a la existencia del ser humano. O quizás podríamos achacarlo a un elemento externo, o no tan externo si es nuestra forma de vida presente: al tambaleante sistema capitalista. En su definición más académica, el capitalismo consiste en la propiedad privada de los medios de producción y en un mercado libre más o menos neoliberalista sin apenas intervención del estado. En la práctica, el entramado capitalista basa paradójicamente su existencia y expansión en el crecimiento económico indefinido a través de la explotación insostenible de recursos limitados y finitos, creando, para ello, un primer mundo contaminante consumidor de todo tipo de productos que no necesita, poco duraderos y procedentes de países de un tercer mundo que no tiene productos que necesita y que ve expoliado sus recursos naturales, y en un mercado oligopolista o monopolista de multinacionales que es de todo menos libre. Incluso dentro de este llamado primer mundo, nuestro “factor externo”, el capitalismo, crea desigualdades de la misma calaña que provocan situaciones de nuevo tan contradictorias y tan cercanas: se priva del derecho a una vivienda digna o se desahucia a una masa ingente de personas, mientras crece el número de casas vacías al amparo especulador de la banca; se privatizan empresas o servicios públicos así como las ganancias resultantes de ello bajo la premisa de que serán más eficientes para, después, socializar sus pérdidas y mamandurrias políticas una vez que esto no ocurra; se fomentan las jornadas laborales interminables, con horas extraordinarias no reconocidas, al tiempo que se buscan soluciones contra la situación imparable de paro. Para que toda esta lógica paradójica funcionara tuvieron que inventarse fenómenos tan cotidianos como el del marketing que crea necesidades consumistas ficticias a la par que efímeras; como el de los supermercados que desechan toneladas de comida fresca y de productos no caducados al año por una mera cuestión de incitación continua al consumo; como el de la banca que crea dinero que no existe (el denominado matrix financiero); o como el de la obsolescencia programada que hiciera sostenible el sistema mediante el timo de los fabricantes y los vertederos tecnológicos en países pobres. En resumen, necesidades ficticias, comida desechada cuando la pobreza no sobra, capital virtualizado, productos fabricados para que se rompan: pareciera que viviéramos idiotizados en una dimensión irreal rodeada por un halo de inconsciencia que no nos permitiera ver más allá, con sensatez, lo que realmente importa. Según Mahatma Gandhi, “el mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero siempre será demasiado pequeño para la avaricia de algunos”. Además, se encontró la gallina de los huevos de oro en la globalización económica, apenas cultural, que choca con los valores individualistas dominantes y con el incremento de las fronteras entre el norte y el sur. En esto los dirigentes de la vieja Europa han preferido aplicar la nacionalización de los derechos humanos, haciendo oídos sordos a la globalización, cuando cierran las fronteras a millones de agonizantes solicitantes de refugio, que no refugiados, y migrantes. Los tentáculos del pulpo del capital tuvieron que introducirse en los distintos ámbitos de la vida ciudadana Y para poder justificar y sustentar todo este despropósito, ciertamente contrario al sentir común, los tentáculos del pulpo del capital tuvieron que introducirse en los distintos ámbitos de la vida ciudadana para poder crear unos medios de desinformación complacientes, una doble moral que expiara las culpas de las injusticias y una política mediocre dada al clientelismo con la que no hubiera problemas de tipo estructural. Además, reacuñó el término “democracia” y nos aseguró que la soberanía venía del pueblo, no de los mercados, ni de la banca, ni de ningún poder fáctico. No. Al fin y al cabo, el socialismo, aquello que una vez le dio guerra, había muerto —pensó. Se equivocaba: no contaba con la emancipación de una sociedad civil que exige ahora los mismos derechos que se pedían un siglo atrás y que pone el foco sobre realidades marginadas dejando en paños menores a la sociedad de consumo irracional. Viendo la cita inicial, da la impresión de que no hemos avanzado mucho en un siglo, si tenemos en cuenta que corresponde a Pablo Iglesias Posse (fundador del PSOE). O puede ser que lo que decía entonces fuera tan lógico que no ha dejado de tener valor. Otra cosa es su aplicación política. Post Views: 81 Relacionado

Artículo de opinión de Alberto Martín | Traductor

- Escrito el 27 mayo, 2017, 10:16 am
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“Raya el absurdo ver a una porción de seres andar desnudos, carecer de alberge y morir de hambre, cuando hay casas inhabilitadas, ropas y calzado que deteriora el tiempo, no el uso, géneros alimentarios de todas clases que se pudren y pierden por no haber sido entregados al consumo en el momento necesario” (Pablo Iglesias)

En la retórica literaria, así como en la filosófica, una paradoja consiste en usar ideas contradictorias entre sí, en apariencia incompatibles, pero que unidas adquieren un significado nuevo y más profundo, del que puede derivar una crítica o que trata de mostrar una visión nueva de la realidad: “Solo sé que no sé nada”, frase atribuida a Sócrates.

En un sentido más amplio, yuxtaponer dos estados que, aunque no sean opuestos, no se esperan encontrar juntos, puede resultar también paradójico. Algunos lemas del 15M, por ejemplo, fueron impregnados de esta figura para visualizar los males que azotaban, y que no dejan de azotar, nuestra sociedad: “Casas sin gente, gente sin casas”,” ¿Dónde está la izquierda? Al fondo, a la derecha”, “No puedo apretarme el cinturón y bajarme los pantalones a la vez”.

Es cierto que esa subversión contra lo lógico, contra lo natural pervive más que nunca en la actualidad

Del latín paradoxa, y éste a su vez del griego, significa “lo contrario a la opinión o al sentir común”, por lo que, aunque aparentemente el término haya perdido su significado etimológico, es cierto que esa subversión contra lo lógico, contra lo natural pervive más que nunca en la actualidad; quizás porque es innato a la existencia del ser humano. O quizás podríamos achacarlo a un elemento externo, o no tan externo si es nuestra forma de vida presente: al tambaleante sistema capitalista.

En su definición más académica, el capitalismo consiste en la propiedad privada de los medios de producción y en un mercado libre más o menos neoliberalista sin apenas intervención del estado.

En la práctica, el entramado capitalista basa paradójicamente su existencia y expansión en el crecimiento económico indefinido a través de la explotación insostenible de recursos limitados y finitos, creando, para ello, un primer mundo contaminante consumidor de todo tipo de productos que no necesita, poco duraderos y procedentes de países de un tercer mundo que no tiene productos que necesita y que ve expoliado sus recursos naturales, y en un mercado oligopolista o monopolista de multinacionales que es de todo menos libre.

Fuente viñeta: ferranhumor.wordpress.com

Incluso dentro de este llamado primer mundo, nuestro “factor externo”, el capitalismo, crea desigualdades de la misma calaña que provocan situaciones de nuevo tan contradictorias y tan cercanas: se priva del derecho a una vivienda digna o se desahucia a una masa ingente de personas, mientras crece el número de casas vacías al amparo especulador de la banca; se privatizan empresas o servicios públicos así como las ganancias resultantes de ello bajo la premisa de que serán más eficientes para, después, socializar sus pérdidas y mamandurrias políticas una vez que esto no ocurra; se fomentan las jornadas laborales interminables, con horas extraordinarias no reconocidas, al tiempo que se buscan soluciones contra la situación imparable de paro.

Para que toda esta lógica paradójica funcionara tuvieron que inventarse fenómenos tan cotidianos como el del marketing que crea necesidades consumistas ficticias a la par que efímeras; como el de los supermercados que desechan toneladas de comida fresca y de productos no caducados al año por una mera cuestión de incitación continua al consumo; como el de la banca que crea dinero que no existe (el denominado matrix financiero); o como el de la obsolescencia programada que hiciera sostenible el sistema mediante el timo de los fabricantes y los vertederos tecnológicos en países pobres.

En resumen, necesidades ficticias, comida desechada cuando la pobreza no sobra, capital virtualizado, productos fabricados para que se rompan: pareciera que viviéramos idiotizados en una dimensión irreal rodeada por un halo de inconsciencia que no nos permitiera ver más allá, con sensatez, lo que realmente importa. Según Mahatma Gandhi, “el mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero siempre será demasiado pequeño para la avaricia de algunos”.

Además, se encontró la gallina de los huevos de oro en la globalización económica, apenas cultural, que choca con los valores individualistas dominantes y con el incremento de las fronteras entre el norte y el sur. En esto los dirigentes de la vieja Europa han preferido aplicar la nacionalización de los derechos humanos, haciendo oídos sordos a la globalización, cuando cierran las fronteras a millones de agonizantes solicitantes de refugio, que no refugiados, y migrantes.

Los tentáculos del pulpo del capital tuvieron que introducirse en los distintos ámbitos de la vida ciudadana

Y para poder justificar y sustentar todo este despropósito, ciertamente contrario al sentir común, los tentáculos del pulpo del capital tuvieron que introducirse en los distintos ámbitos de la vida ciudadana para poder crear unos medios de desinformación complacientes, una doble moral que expiara las culpas de las injusticias y una política mediocre dada al clientelismo con la que no hubiera problemas de tipo estructural. Además, reacuñó el término “democracia” y nos aseguró que la soberanía venía del pueblo, no de los mercados, ni de la banca, ni de ningún poder fáctico. No.

Fuente viñeta: http://www.republica.com/2016/02/08/la-vineta-espectaculos-2/

Al fin y al cabo, el socialismo, aquello que una vez le dio guerra, había muerto —pensó. Se equivocaba: no contaba con la emancipación de una sociedad civil que exige ahora los mismos derechos que se pedían un siglo atrás y que pone el foco sobre realidades marginadas dejando en paños menores a la sociedad de consumo irracional. Viendo la cita inicial, da la impresión de que no hemos avanzado mucho en un siglo, si tenemos en cuenta que corresponde a Pablo Iglesias Posse (fundador del PSOE). O puede ser que lo que decía entonces fuera tan lógico que no ha dejado de tener valor. Otra cosa es su aplicación política.

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