Esencias democráticas

Estamos gozando de una oportunidad interesante de ver ejercitadas las distintas concepciones actualmente vigentes sobre la idea de democracia en nuestra sociedad. Por desgracia, el resultado de tal contemplación no resulta demasiado alentador El uso que se hace de esta palabra, cada vez más manida, dista mucho de componer una figura tan consistente como pudiéramos pensar. Aunque formalmente la noción de democracia goza de una aureola de prestigio inigualable en la actualidad, en la práctica carece de la solidez esperable, al menos por parte de los interlocutores políticos que, al final, son los que ejercen la última ratio de la política: el poder. Filosofía, ética y política Una de las utilidades de la filosofía es desentrañar esas ideas presuntamente extendidas, revestidas de nobleza, pero lastradas de una profunda confusión. Quien considere que la labor filosófica política es eminentemente edificante, pretende esconder tras ella la verdad del poder, lo que equivale a confundir los territorios que transitan ambas cosas (ética y política) que, no por cruzarse, coinciden. Por ello, fracasan tanto más las propuestas educativas para formar éticamente, cuanto más ´corrupta` es la sociedad. Pretender que la ética ejerza el control ideal del poder, en lugar de buscar medidas realistas, que pasan por comprenderlo en su realidad efectiva (histórica), constituye un tipo de idealismo humanista muy extendido en la actualidad. Por otra parte, quien pretende lanzar al político ´hemeroteca` para mostrar sus contradicciones lógicas (desde algún tipo de ´superioridad moral`) recibe del político el guante de la contradicción retórica. Y es que ésta es la esencia de la política, tanto como la coherencia lo es de la verdad. Pudor político Por mucho que pretendamos engañarnos, al final, todo el terruño político se juega en esa escala, donde la verdad solo ocupa una posición colateral más o menos decisiva, dependiendo del pudor político de turno, más que de su misma eficacia. Ese pudor puede ser más escaso, como en el caso del ínclito Trump, que ha dado alas a una ´posverdad` emocional que es la marca de la casa de las democracias contemporáneas. No digamos en el caso de España, donde la impudicia es ampliamente aceptada (o ´tolerada`) sin ningún recato por una sociedad, por un ´pueblo`, que, en contra de lo que se pretende, es lo reflejado por sus gobernantes. Y es que el poder se ejerce, en todas las áreas o campos o capas en las que le sea posible, con toda la fuerza que sea posible, sin ningún límite. A menos que se le ponga alguno desde otra instancia. «En democracia se han establecido procedimientos de decisión que tratan de limitar el ejercicio desatado de la fuerza de una parte sobre el todo» El poder en ´democracia` Si, como decimos, el poder se practica tanto como sea posible, qué ocurre en democracia. Precisamente se supone que se han establecido procedimientos de decisión que tratan de limitar el ejercicio desatado de la fuerza de una parte sobre el todo. En realidad, siempre hay una parte que tiene el ejercicio legítimo de la fuerza frente a la mayoría, pero este juego es aceptado mientras se lleve a cabo dentro de unos límites tolerables, normalmente marcados por los procedimientos interinstitucionales al efecto. La historia Y estos procedimientos en realidad están asociados a estructuras de Estado que se han forjado a lo largo de los siglos —democráticos o no por cierto—, que han desembocado en instituciones con multitud de perfiles en convivencia no armoniosa sino esencialmente polémica, porque aquí, por mucho que haya cortes constitucionales, se superponen tradiciones históricas según la necesidad, impericia, torpeza y descuido de una vieja máquina hecha de parches que nadie tiene la fuerza ni el interés en enmendar completamente (así, por ejemplo, la ley de enjuiciamiento criminal es de apenas 1882, no es que sea predemocrática, sino paleodemocrática, aunque evidentemente se ha tenido el detalle de hacer revisiones). «Limitar la democracia a ´voluntad del pueblo` conduce a lodazales de difícil escapatoria» La regla de la mayoría Los problemas surgen cuando se lamina la rugosa estructura democrática —compleja, multiforme, institucionalmente diversa— y se pule hasta dejarla en una superficie tan brillante como deformada. Así, afirmaciones que sugieren que hay democracia donde hay una urna, o que la democracia es el pueblo en asamblea decidiendo a mano alzada (al estilo ´de la Grecia clásica`), no son sino ejemplos de una simplificación verdaderamente peligrosa. Limitar la democracia a ´voluntad del pueblo` —una noción tan exitosa como confusa— conduce a lodazales de difícil escapatoria. Se pasan por el arco del triunfo todo matiz, toda precisión, toda complejidad. Son ejemplos de ´esencialismo democrático`, de reduccionismo simplista muy propio de una sociedad pretendidamente ilustrada que acepta con cada vez mayor tolerancia estas simplificaciones para su propio alivio. Judicializando la política Decir, por ejemplo, que se está ´judicializando` la política es el epítome de ese esencialismo. Se insinúa con ello que en realidad los ´mandatos` del pueblo, meramente interpretados, además, pero no validados por ningún criterio interinstitucional, son por sí mismos democráticos y, por tanto, de obligada aceptación y cumplimiento. Si esos mandatos conducen a transgresiones de normas y exigen intervención del cuerpo judicial, entonces se dice que se va en contra de la ´democracia`. Lo que provoca que algún fiscal, lacónicamente, recuerde que los juicios también son parte de ella. Pero da igual: la otra parte reclamará que hay muchas otras vulneraciones que se pasan por alto, y que hay más interés en unas que en otras. Y tiene razón. «La política es el arte de la contradicción (véanse los desahucios y el derecho a la vivienda, por ejemplo)» Sobre los límites constitucionales Cuando un ejercicio de fuerza puede conducir a la disolución de la totalidad del organismo, la amenaza es crítica y no se puede pasar por alto. Se apelará a límites constitucionales, discursivamente, aunque en realidad no importe en otros muchos ámbitos en los que se quebrantan sin melindres (véanse los desahucios y el derecho a la vivienda, por ejemplo). De nuevo, la política es el arte de la contradicción. Lo que importa o no lo mide el interés y la atención del ´público` cuya ´fisonomía monstruosa` ya perfiló el olvidado Larra. La consecuencia de esta situación, en definitiva, de un idealismo rampante, es que las prácticas políticas se envuelven en el común aceptado barniz democrático para encubrir su verdad: el ejercicio del poder. A toda costa. A cualquier precio. Hasta donde se le deje llegar. Post Views: 504 Relacionado

Estamos gozando de una oportunidad interesante de ver ejercitadas las distintas concepciones actualmente vigentes sobre la idea de democracia en nuestra sociedad. Por desgracia, el resultado de tal contemplación no resulta demasiado alentador

- Escrito el 25 mayo, 2017, 7:03 pm
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Estamos gozando de una oportunidad interesante de ver ejercitadas las distintas concepciones actualmente vigentes sobre la idea de democracia en nuestra sociedad. Por desgracia, el resultado de tal contemplación no resulta demasiado alentador

El uso que se hace de esta palabra, cada vez más manida, dista mucho de componer una figura tan consistente como pudiéramos pensar. Aunque formalmente la noción de democracia goza de una aureola de prestigio inigualable en la actualidad, en la práctica carece de la solidez esperable, al menos por parte de los interlocutores políticos que, al final, son los que ejercen la última ratio de la política: el poder.

Filosofía, ética y política

Una de las utilidades de la filosofía es desentrañar esas ideas presuntamente extendidas, revestidas de nobleza, pero lastradas de una profunda confusión. Quien considere que la labor filosófica política es eminentemente edificante, pretende esconder tras ella la verdad del poder, lo que equivale a confundir los territorios que transitan ambas cosas (ética y política) que, no por cruzarse, coinciden. Por ello, fracasan tanto más las propuestas educativas para formar éticamente, cuanto más ´corrupta` es la sociedad.

Pretender que la ética ejerza el control ideal del poder, en lugar de buscar medidas realistas, que pasan por comprenderlo en su realidad efectiva (histórica), constituye un tipo de idealismo humanista muy extendido en la actualidad. Por otra parte, quien pretende lanzar al político ´hemeroteca` para mostrar sus contradicciones lógicas (desde algún tipo de ´superioridad moral`) recibe del político el guante de la contradicción retórica. Y es que ésta es la esencia de la política, tanto como la coherencia lo es de la verdad.

Pudor político

Por mucho que pretendamos engañarnos, al final, todo el terruño político se juega en esa escala, donde la verdad solo ocupa una posición colateral más o menos decisiva, dependiendo del pudor político de turno, más que de su misma eficacia. Ese pudor puede ser más escaso, como en el caso del ínclito Trump, que ha dado alas a una ´posverdad` emocional que es la marca de la casa de las democracias contemporáneas.

No digamos en el caso de España, donde la impudicia es ampliamente aceptada (o ´tolerada`) sin ningún recato por una sociedad, por un ´pueblo`, que, en contra de lo que se pretende, es lo reflejado por sus gobernantes. Y es que el poder se ejerce, en todas las áreas o campos o capas en las que le sea posible, con toda la fuerza que sea posible, sin ningún límite. A menos que se le ponga alguno desde otra instancia.

«En democracia se han establecido procedimientos de decisión que tratan de limitar el ejercicio desatado de la fuerza de una parte sobre el todo»

El poder en ´democracia`

Si, como decimos, el poder se practica tanto como sea posible, qué ocurre en democracia. Precisamente se supone que se han establecido procedimientos de decisión que tratan de limitar el ejercicio desatado de la fuerza de una parte sobre el todo. En realidad, siempre hay una parte que tiene el ejercicio legítimo de la fuerza frente a la mayoría, pero este juego es aceptado mientras se lleve a cabo dentro de unos límites tolerables, normalmente marcados por los procedimientos interinstitucionales al efecto.

La historia

Y estos procedimientos en realidad están asociados a estructuras de Estado que se han forjado a lo largo de los siglos —democráticos o no por cierto—, que han desembocado en instituciones con multitud de perfiles en convivencia no armoniosa sino esencialmente polémica, porque aquí, por mucho que haya cortes constitucionales, se superponen tradiciones históricas según la necesidad, impericia, torpeza y descuido de una vieja máquina hecha de parches que nadie tiene la fuerza ni el interés en enmendar completamente (así, por ejemplo, la ley de enjuiciamiento criminal es de apenas 1882, no es que sea predemocrática, sino paleodemocrática, aunque evidentemente se ha tenido el detalle de hacer revisiones).

«Limitar la democracia a ´voluntad del pueblo` conduce a lodazales de difícil escapatoria»

La regla de la mayoría

Los problemas surgen cuando se lamina la rugosa estructura democrática —compleja, multiforme, institucionalmente diversa— y se pule hasta dejarla en una superficie tan brillante como deformada. Así, afirmaciones que sugieren que hay democracia donde hay una urna, o que la democracia es el pueblo en asamblea decidiendo a mano alzada (al estilo ´de la Grecia clásica`), no son sino ejemplos de una simplificación verdaderamente peligrosa. Limitar la democracia a ´voluntad del pueblo` —una noción tan exitosa como confusa— conduce a lodazales de difícil escapatoria. Se pasan por el arco del triunfo todo matiz, toda precisión, toda complejidad. Son ejemplos de ´esencialismo democrático`, de reduccionismo simplista muy propio de una sociedad pretendidamente ilustrada que acepta con cada vez mayor tolerancia estas simplificaciones para su propio alivio.

Judicializando la política

Decir, por ejemplo, que se está ´judicializando` la política es el epítome de ese esencialismo. Se insinúa con ello que en realidad los ´mandatos` del pueblo, meramente interpretados, además, pero no validados por ningún criterio interinstitucional, son por sí mismos democráticos y, por tanto, de obligada aceptación y cumplimiento. Si esos mandatos conducen a transgresiones de normas y exigen intervención del cuerpo judicial, entonces se dice que se va en contra de la ´democracia`. Lo que provoca que algún fiscal, lacónicamente, recuerde que los juicios también son parte de ella. Pero da igual: la otra parte reclamará que hay muchas otras vulneraciones que se pasan por alto, y que hay más interés en unas que en otras. Y tiene razón.

«La política es el arte de la contradicción (véanse los desahucios y el derecho a la vivienda, por ejemplo)»

Sobre los límites constitucionales

Cuando un ejercicio de fuerza puede conducir a la disolución de la totalidad del organismo, la amenaza es crítica y no se puede pasar por alto. Se apelará a límites constitucionales, discursivamente, aunque en realidad no importe en otros muchos ámbitos en los que se quebrantan sin melindres (véanse los desahucios y el derecho a la vivienda, por ejemplo). De nuevo, la política es el arte de la contradicción. Lo que importa o no lo mide el interés y la atención del ´público` cuya ´fisonomía monstruosa` ya perfiló el olvidado Larra. La consecuencia de esta situación, en definitiva, de un idealismo rampante, es que las prácticas políticas se envuelven en el común aceptado barniz democrático para encubrir su verdad: el ejercicio del poder. A toda costa. A cualquier precio. Hasta donde se le deje llegar.